22/8/12

Salvador Allende y el marxismo en América Latina

- Salvador Allende (Filosofía aquí y ahora, IV, 12)(J. P. Feinmann)

Salvador Guillermo Allende Gossens (Santiago, 26 de junio de 1908 – Santiago, 11 de septiembre de 1973) fue un médico y político socialista chileno, presidente de Chile entre el 4 de noviembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973. Allende fue un destacado político desde sus estudios en la Universidad de Chile. Fue sucesivamente diputado, ministro de Salubridad del gobierno de Pedro Aguirre Cerda, y senador desde 1945 hasta 1970, ejerciendo la presidencia de dicha cámara del Congreso entre 1966 y 1969. Fue candidato a la presidencia de la República en cuatro oportunidades: en las elecciones de 1952 obtuvo un magro resultado; en 1958 alcanzó la segunda mayoría relativa tras Jorge Alessandri; en 1964 obtuvo un 38% de los votos, que no le permitieron superar a Eduardo Frei Montalva; y, finalmente, en 1970 en una reñida elección a tres bandas, obtuvo la primera mayoría relativa de un 36,6%, siendo ratificado por el Congreso Nacional. De ese modo, se convirtió en el primer presidente marxista en Occidente que accedió al poder a través de elecciones generales en un Estado de Derecho. El gobierno de Allende, apoyado por la Unidad Popular (un conglomerado de partidos de izquierda), destacó tanto por el intento de establecer un camino no revolucionario hacia un Estado socialista usando medios legales –la vía chilena al socialismo–, como por proyectos como la nacionalización del cobre, en medio de la polarización política internacional de la Guerra Fría y de una grave crisis económica y financiera interna. La Cámara de Diputados, de mayoría opositora, aprobó un documento en agosto de 1973 en el que acusaba al gobierno de Allende de incurrir en violaciones permanentes de la constitución. Su gobierno terminó abruptamente mediante un golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973, en el que participaron las tres ramas de las Fuerzas Armadas y el cuerpo de Carabineros, tres años antes del fin su mandato constitucional; ese mismo día, luego que el Palacio de La Moneda fuese atacado por aviones y tanques, se suicidó. Tras el fin de su gobierno sobrevino una dictadura militar encabezada por el general Augusto Pinochet, que duraría 17 años. José Ignacio del Castillo.




Marxismo en América Latina
Antonio Salamanca Serrano (1)

El marxismo es una praxis histórica revolucionaria que busca liberar a los pueblos de la opresión del capitalismo en la construcción de la sociedad sin clases comunista. Alumbrada por la vida y obra de K. Marx y F. Engels en el siglo XIX, el marxismo inicia su entrada en América Latina a finales de esa centuria. Sin embargo, la llegada e ‘inculturación’ de parte de la praxis marxista, comenzando por la misma producción teórica de Marx, se dilatará en el tiempo. Obras como De la crítica de la Filosofía del Estado de Hegel, verá la luz en 1927; los Manuscritos económico filosóficos de 1844, y el texto íntegro de La Ideología Alemana, en 1932; los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), en 1939-1941, y en castellano en 1972, etc. A pesar de las limitaciones, la historia real del marxismo en este continente ha sido la de millones de hombres y mujeres que han entregado, y siguen ofreciendo sus vidas, hasta el martirio por la liberación de sus pueblos en la construcción de una sociedad sin clases comunista.
Con la entrada del marxismo en la realidad latinoamericana se inició un proceso de descubrimiento mutuo, interrumpido en ocasiones. El encuentro ha fecundado todos los ámbitos de la vida latinoamericana, sea la revolución política, la economía, la sociología, el arte, la literatura, la filosofía, la teología, etc. Fruto de esa fertilidad en la diversidad han florecido las revoluciones del pueblo sandinista, liderada por Augusto César Sandino; del pueblo salvadoreño, liderada por Agustín Farabundo Martí; del pueblo cubano, liderada por Fidel Castro y Ernesto Che Guevara; del pueblo chileno, liderada por Salvador Allende; del pueblo zapatista mexicano, liderada por el Subcomandante Marcos; del pueblo bolivariano de Venezuela liderada por Hugo Chávez; del pueblo boliviano, liderada por Evo Morales; del pueblo ecuatoriano, liderada por Rafael Correa, etc. A ellas, y en ellas, se une más de un siglo de innumerables creaciones e investigaciones de trabajadores como: los argentinos Aníbal Ponce (1898-1938), Enrique Dussel (1934--), Claudio Katz (1954--); los bolivianos René Zavaleta Mercado (1935-1984), Álvaro García Linera (1962--); los brasileños, Caio Prado Jr. (1907-1990), Jorge Amado (1912-2001), Theotonio dos Santos (1936-), Leandro Konder (1936--), Michael Löwy (1938--), Emir Sader (1943---), Frei Betto (1944--); el costarricense Carlos Luis Fallas (1909-1966), el alemán asentado en Costa Rica Franz Hinkelammert (1931--); el colombiano-venezolano Justo Soto Castellanos (1962--); los cubanos Nicolás Guillén (1902-1989), Orlando Borrego (1936--), Fernando Martínez Heredia (1939--), Raúl Fornet-Betancourt (1946--), Pablo Guadarrama (1949--); los chilenos Luis Emilio Recabarren (1876-1924), Pablo Neruda (1904-1973) y el chileno-argentino Luis Vitale (1927-2010); los ecuatorianos Jorge Icaza (1906-1978) y Bolívar Echevarría (1941-2010); el guatemalteco, Miguel Ángel Asturias (1899-1974); el haitiano Jacques Stephen Alexis (1922-1961), los mexicanos David Alfaro Siqueiros (1896-1974), Diego Rivera (1886-1957), el alemán asentado en México Heinz Dieterich (1943--), Fernando Buen Abad (1956—); los peruanos César Vallejo (1892-1938), José Carlos Mariátegui (1894-1930), Ciro Alegría (1909-1967) y Hugo Blanco Galdós (1935--); el salvadoreño Miguel Mármol (1905-1993); el trinitense Cyril Lionel Robert James (1901-1989); los uruguayos Eduardo Galeano (1940--) y Sirio López Velasco (1951--); los venezolanos Ludovico Silva (1937-1988), Luis Britto García (1940--), Carmen Bohórquez (--), etc.

En particular, el marxismo ha hecho grandes aportaciones no sólo a la satisfacción de los derechos económicos de los pueblos, sino a la materialización de todo el sistema integrado de derechos humanos. Sin embargo, uno de los campos donde más ha evidenciado sus carencias ha sido precisamente en la reflexión teórica sobre ellos.

Distintas periodizaciones se han propuesto de la historia del marxismo latinoamericano (v.gr. las propuestas por José Aricó, Agustín Cueva, Néstor Kohan, Michael Löwy, Luis Vitale, etc.). Teniendo en cuenta sus marcos temporales, tres periodos distinguimos en función del momento en que se inicia y termina el dogmatismo de la llamada ortodoxia marxista. (1º) El primer diálogo del marxismo con la realidad latinoamericana (1872-1929); (2º) La incomunicación (1930-1958); (3º) El segundo diálogo del marxismo con la realidad latinoamericana (1959-hasta hoy).

1º El primer diálogo marxista con el pueblo latinoamericano (1872-1929). La primera palabra del marxismo en nuestra América se pronunció entre el pueblo trabajador. No fue dicha en las universidades, ni a través de la obra de filósofos ‘profesionales’, sino por la praxis de los trabajadores emigrantes alemanes, españoles e italianos. El marxismo habló a una historia revolucionaria y una tradición independentista cuyas categorías le costó entender. La historia reciente con la que se encontró fue la de siglos de opresiones, reflexiones, organizaciones y luchas por la liberación de los pueblos originarios; la historia de las invasiones europeas coloniales expropiatorias, y de la resistencia cimarrona a dicha agresión.

La realidad inmediata en la que se injerta el marxismo es el debilitamiento del imperialismo español por las victorias emancipadoras de los pueblos de nuestra América, y la nueva correlación de fuerzas entre el imperio francés, inglés y el naciente imperio estadounidense. Hacia 1810 habían comenzado a hacerse hegemónicos en América Latina los movimientos de emancipación colonial (primera emancipación) que culminarán en 1898 con la independencia de Cuba. La gesta fue obra de una parte del pueblo, liderado por hombres como: Francisco Miranda (1750-1816), Simón Rodríguez (1771-1854) y Simón Bolívar (1783-1830), en Venezuela; Manuel Belgrano (1770-1820) y José San Martín (1778-1850), en Argentina; Miguel Hidalgo (1753-1811) y José María Morelos (1786-1815), en México; Vicente Rocafuerte (1783-1847), en Ecuador; José Martí (1853-1895), en Cuba, etc. El proyecto liberador de la mayoría de la población indígena era volver a su situación de independencia anterior a la conquista (v.gr. Túpac Amaru). Pero el de la mayor parte de la minoría criolla blanca no fue ‘de todo el pueblo’ ni ‘para todo el pueblo’, aunque, por necesidad, se quiso hacer ‘por todo el pueblo’. No iba más allá de un cambio de dueño en la soberanía territorial. De hecho, una vez que triunfó la ‘emancipación colonial’, en países con mayoría indígena y mestiza como Bolivia, Colombia, México, Perú, etc., la burguesía blanca criolla se apresuró a mantener a los indígenas, mestizos y negros en régimen de capitalismo colonial.

A mediados del siglo XIX resuena en América Latina (v.gr. Argentina, México, etc.) los ecos del socialismo utópico (romántico europeo). De la mano de E. Echeverría se empieza a conocer en Argentina las ideas de los socialistas utópicos Saint-Simon, Fourier, Leroux, Lerminier, entre otros. Ello dará lugar a la fundación de la Asociación Joven Argentina, en 1838. En Montevideo (1846), E. Echeverría firma el documento Dogma socialista de la Asociación de Mayo, que es una reedición del de la Asociación Joven Argentina. Entre 1853 y 1855, el miembro de la Liga de los Comunistas y amigo de K. Marx, Georg Weerth, estuvo viajando por Centroamérica y América del Sur, muriendo en La Habana en 1856. En 1855, José Ignacio de Abreu e Lima publica en Brasil la obra O Socialismo. En ella se presentan los distintos planteamientos socialistas, y particularmente el socialismo religioso de Lemennais. En 1861 llega a México el griego Plotino Rhodakanaty, y publica en ese año la Cartilla socialista o sea Catecismo elemental de la escuela de Charles Fourier. Su propuesta pionera de ‘socialismo cristiano’ se concretizará en la fundación de dos organizaciones obreras: el ‘Club Socialista’ (1868) y ‘La Social’ (1871), inicios de la coordinación sindical latinoamericana. Ejemplo ilustrativo del fermento revolucionario del socialismo con el pueblo es el caso de Julio López Chávez (natural de Chalco, Estado de México), ejecutado el 9 de julio de 1868. La justificación de su asesinato ‘legal’ fue la siguiente:

“Julio López ha terminado su carrera en el patíbulo. Invocaba principios comunistas y era simplemente reo de delitos comunes. La destrucción de su gavilla afianza la seguridad de las propiedades en otros muchos distritos del estado de México. En este estado, como en otros muchos de la República, tiempo vendrá en que sea preciso ocuparse de la cuestión de la propiedad territorial; pero esto por medidas legislativas dictadas con estudio, con calma y serenidad, y no por medios violentos y revolucionarios” 2.

Aparte de los viajes del miembro de la Liga de los Comunistas, Georg Weerth, por América Latina a mediados del siglo XIX, el hito decisivo en el comienzo de la recepción del marxismo en estas tierras tiene lugar en 1872. En Buenos Aires se funda la primera sección latinoamericana de la Asociación Internacional de Trabajadores. En 1882, también allí, obreros alemanes fundan el ‘Club Vorwärts’. Un año después, en Cuba, J. Martí, desde su socialismo influenciado de krausismo, con motivo de la muerte de K. Marx, le reconoce honor por haberse puesto de parte de los débiles.

El diálogo se profundiza, enriquece y crece, entre otros factores, con la traducción de textos marxistas y la fundación de partidos socialistas y periódicos. Durante este período, en América Latina se tendrá conocimiento de la traducción del Manifiesto del Partido Comunista. El 12 de junio de 1884 se publica en el periódico obrero mexicano El Socialista la traducción que había aparecido en el semanario madrileño La Emancipación, en 1872. En 1889, se funda en Cuba el Partido Socialista Cubano, y los socialistas argentinos participan en París en el Congreso que decide la creación de la Segunda Internacional (1889). En 1891 se funda en Argentina la Federación de Trabajadores de la República Argentina. Al año siguiente, 1892, se crea, también en Argentina, el Partido Obrero Argentino, y en Brasil, el Partido Operário do Brasil. En 1895, en Argentina, comienza a traducirse El Capital. En Santiago de Chile, en 1899, se funda el Partido Socialista. En La Habana, en 1903, Carlos Baliño funda el Club de Propaganda Socialista. También en Cuba se creará el Partido Obrero Socialista de Cuba, en 1904, y el Partido Socialista de Cuba, en 1906. En Montevideo, en 1910, Emilio Frugoni funda el Centro Socialista Carlos Marx. En México, en 1911, se crea el Partido Obrero Socialista. En 1912, en Buenos Aires, se funda el Centro de Estudios Carlos Marx. En ese mismo año, en Chile, Emilio Recabarren pone en marcha el Partido Obrero Socialista de Chile. En Bogotá, en 1916, se constituye el Partido Obrero, etc.

Los primeros partidos socialistas que se fundaron en el Continente no tuvieron mucho recorrido. Primero, porque les costó entender ideológicamente que el derecho a la liberación económica de la clase trabajadora latinoamericana debía articularse con los derechos de esos pueblos a la independencia política (continuando la revolución o autodeterminación política), a la diversidad étnica, expresión y cultivo de sus creencias religiosas, etc. Segundo, porque el sujeto revolucionario central que encontró no era mayoritariamente un proletariado industrial sino un pueblo oprimido y explotado conformado por campesinos y mineros mestizos, indígenas, negros, etc. En la medida que el marxismo de estos partidos se abrió a la nueva realidad fue encarnándose y haciéndose marxismo latinoamericano.

El triunfo de la Revolución Rusa, y la creación de la Internacional Comunista (III Internacional, 1919) estimularon el diálogo del marxismo con los pueblos latinoamericanos. Algunos partidos comunistas nacieron en el seno de las organizaciones de la clase obrera trabajadora (v.gr. argentino, brasileño, colombiano, cubano, chileno, peruano, salvadoreño, etc.) y otros en núcleos más reducidos de escritores, académicos y estudiantes. En 1918, en Argentina se creó el primer partido comunista latinoamericano, el Partido Internacional Socialista. En México, en 1919, se crea el Partido Comunista, primero con el nombre de ‘comunista’. En Yucatán, de la mano de Felipe Carrillo Puerto, llega al poder el primer gobierno socialista de América, en noviembre de 1921. En Uruguay, en 1920, el Partido Socialista se transforma en Partido Comunista. Lo mismo ocurre en Chile, en 1921, de la mano de Emilio Recabarren. En Brasil, se funda el Partido Comunista en 1922. También se crean partidos comunistas en Guatemala, El Salvador y Nicaragua en 1923. En Cuba, gracias al trabajo de Carlos Baliño y Julio Antonio Mella se funda el Partido Comunista de Cuba en 1925. En Paraguay y Honduras se crean partidos comunistas en 1927. En Perú, en 1928, José Carlos Mariátegui crea el Partido Socialista del Perú. Partido que en 1930 cambia su nombre por Partido Comunista del Perú. En 1928 se funda el partido comunista de Ecuador, y el de Colombia, en 1930. En esos años se produce el descubrimiento de la situación revolucionaria latinoamericana para la Internacional Comunista, particularmente en el VI Congreso Mundial de la Internacional Comunista, de 1928.

2º La incomunicación por el dogmatismo marxista (1929-1958). En 1929, en el XV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética se produce la expulsión de Trotsky y Zinóiev. Se da comienzo a la oficialización del dogmatismo marxista soviético que se exportará a América Latina. Contra los criterios de actuación política de la Internacional Comunista, en El Salvador, en 1932, y atendiendo a su realidad nacional, el Partido Comunista organiza la revolución popular contra el gobierno, en la que fueron masacradas más de 30.000 personas. En México, en 1934, y por primera vez en América Latina, Lázaro Cárdenas declaró al marxismo como la ideología oficial del gobierno. Sin embargo, más allá de estos ejemplos de cómo el diálogo del marxismo con el pueblo estableció tiempos y caminos propios para la revolución, en esta etapa predominará la incomunicación por parte del marxismo, entre otras razones, por el dogmatismo del etapismo estalinista que la URSS impuso como análisis oficial a los partidos comunistas latinoamericanos. Por ejemplo, en 1933, en la Conferencia Nacional del Partido Comunista de Chile se plantea la necesidad de no saltarse etapas en la lucha por el socialismo. La revolución que correspondía en aquel momento era la democrático-burguesa.

El surgimiento del fascismo ayudó a justificar el giro en la política del comunismo revolucionario. Las directrices del VII Congreso en Moscú de la Internacional Comunista de 1935, a la que asistieron delegados de casi la totalidad de los partidos comunistas latinoamericanos, y la experiencia ‘exitosa’ de la táctica empleada en España y Francia, en 1935, llevan a dar prioridad a la estrategia del ‘Frente Popular Antifascista’. En Estados Unidos se hizo hegemónica la orientación reformista de Earl Browder (1891-1973), secretario del partido comunista (1934-1945), conocida como browderismo. Esa orientación, no sin contradicciones internas, tuvo acogida particularmente en los partidos comunistas cubano, brasileño, colombiano, chileno, ecuatoriano y venezolano. Por ejemplo, siguiendo la nueva estrategia política, en Brasil, en 1935, los comunistas dirigen la rebelión armada de la Alianza Nacional de Liberación contra el fascismo. En Chile, en 1936, el Partido Comunista, junto al Partido Socialista y el Partido Radical, crean el ‘Frente Popular’ que consigue el poder entre 1938-1952. En Cuba, también en los años 1938-39, el Partido Comunista entra en el gobierno de Batista, etc. Durante este periodo se siguieron fundando algunos partidos (v.gr. en 1942, el Partido Revolucionario Democrático Dominicano; en 1943, el Partido Comunista de Cuba cambia su nombre por Partido Socialista Popular; en 1945 se crea en Venezuela el Partido Comunista Venezolano, y en 1950 se funda el Partido Comunista de Bolivia).

La actuación socialista revolucionaria que demandaba la realidad política nacional e internacional frente a la política impuesta desde la URSS generó tensiones ideológicas, organizativas y estratégico-tácticas dentro del marxismo de los partidos comunistas, y favoreció la acogida del trotskismo en algunos de ellos y de las organizaciones sindicales. El trotskismo, es una tendencia y estrategia marxista revolucionaria internacionalista que postula la revolución permanente. Fue iniciada por León Trotsky a finales de la segunda década del siglo XX frente a la práctica de ‘socialismo en un solo país’ de Stalin. En 1938 Trotsky fundó la IV Internacional. En América Latina el trotskismo fue recibido por algunos como tendencia izquierdista del marxismo de los partidos comunistas, que pretendía liberarlos de la burocracia estalinista y recuperar su esencia revolucionaria. Por ejemplo, en Brasil, en 1929 se escinde del Partido Comunista la primera sección trotskista; en Chile se creó un fuerte partido marxista trotskista (1931); en Cuba, se crea el Partido Bolchevique Leninista de Cuba en 1933, etc. Muchos de estos movimientos tuvieron una corta vida porque terminaron integrándose a otras organizaciones o quedaron sometidos a un proceso de infinitas escisiones por diferencias en las interpretaciones ideológicas o en las estrategias (v.gr. entrismo, foquismo, populismo, etc.). El asesinato de L. Trotsky en 1940, por orden de Stalin, contribuyó a la dispersión del trotskismo pero no consiguió ni su disolución ni su extinción. Por el contrario, sigue activo y creciendo en su influencia. En 1943, Stalin disolvió la III Internacional comunista. Era la prueba que solicitaban sus aliados imperialistas en la guerra contra Hitler de que la política de la Unisón Soviética no fomentaba la revolución comunista mundial.

La experiencia histórica terminó dando la razón a quienes dentro de la III y IV Internacional habían advertido que en América Latina el ‘frentismo’ serviría realmente para que la burguesía industrial se hiciese con el poder político y la hegemonía social. Una vez instalada en el poder, los derechos de los campesinos y los de soberanía nacional, esto es, la revolución agraria y anticolonial quedó pendiente. De hecho, esa estrategia llevó al marxismo y a los partidos comunistas frentistas a abandonar al pueblo en su lucha contra el imperialismo económico y sus agentes internos, las burguesías nacionales.

A partir de 1939, con el pacto Hitler-Stalin, la estrategia antifascista dejó de ser la prioridad para los partidos comunistas latinoamericanos, y las alianzas frentistas comenzaron a romperse. Desde 1947, en el contexto político de la Guerra Fría (que oficialmente termina en 1958), los partidos comunistas latinoamericanos retomaron como objetivo de lucha la superación del imperialismo. A partir de entonces buscaron un ‘frente amplio antifeudal y antiimperialista’. Este nuevo viraje duró diez años, hasta 1956. Entonces, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, se vuelve a cambiar el rumbo. La ‘nueva’ estrategia fue la ‘coexistencia pacífica’ con el capitalismo. Era el inicio del fin de la Guerra Fría, que se oficializaría dos años más tarde. En esa nueva estrategia los partidos comunistas latinoamericanos retomaban dogmáticamente su ‘reformismo’ colaborador con las burguesías nacionales, ahora con el objetivo de desarrollar la ‘etapa capitalista’, superadora del ‘feudalismo latinoamericano’, y preludio del triunfo comunista.

3º El segundo diálogo del marxismo con el pueblo latinoamericano (1959-hasta hoy). Se puede caracterizar este periodo como: a) De progresiva liberación interna del dogmatismo de los partidos marxistas latinoamericanos; b) De reencuentro con la riqueza de la realidad histórica de los pueblos de nuestra América que no han conseguido aún la emancipación económica ni la plena soberanía política —que no han conseguido la satisfacción de sus derechos humanos—; y c) De la urgencia en la unidad de las organizaciones marxistas para hacer frente a la represión anticomunista del imperialismo capitalista, particularmente estadounidense.

El segundo diálogo se inicia con un hito fundamental liberador del dogmatismo marxista en Latinoamérica: el triunfo de la revolución cubana en 1959. En el marco internacional, un año antes, la Conferencia Mundial Comunista (1958) había también hecho aflorar divergencias entre el Partido Comunista de la Unión Soviética y el Partido Comunista Chino. El papel fundamental de los campesinos en la revolución china, así como las estrategias y tácticas de Mao, inspiraron a parte de la teoría y práctica del maoísmo marxista latinoamericano (v.gr. Colombia, Ecuador, Perú, República Dominicana, etc.). Las divisiones internas de esta corriente en múltiples grupos, ocasionadas en parte por el sectarismo (v.gr. Sendero Luminoso en Perú, desde 1980) y el cainismo político, le llevó a perder influencia. Una debilidad compartida además por el trotskismo, y en general por el marxismo. Desde la muerte de Trotsky una multitud de secciones latinoamericanas de grupos marxistas trotskistas, que surgieron en la segunda mitad del siglo XX, se reclaman los legítimos herederos de la IV Internacional (v.gr. Corriente Marxista Internacional, Corriente Marxista Revolucionaria, Liga Internacional de los Trabajadores, etc.).

Visita de Fidel Castro a Salvador Allende en Chile

En este segundo diálogo se han vivido y se están viviendo etapas que cabe sistematizar: (1ª) La década de los triunfos marxistas en Cuba y Chile (1959-1973). En Cuba, con el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959; y en Chile, con el triunfo marxista de la ‘Unidad Popular’, de Salvador Allende, en 1970. La praxis marxista recobra vitalidad e identidad latinoamericana. (2ª) Las décadas de la represión militar sangrienta contra el marxismo latinoamericano (1970-1989). (3ª) La década de la derrota moral por la caída del ‘socialismo soviético’ (1989-1999). Tiempo de desconcierto y pérdida de identidad ideológica, abandono y traiciones. (4ª) La década del rearme ideológico y político del marxismo latinoamericano (1999- hasta hoy). Estimulado por las victorias de la revolución bolivariana en Venezuela (1999), la revolución boliviana, sandinista y ecuatoriana en (2006 y 2007).

La experiencia histórica de más de un siglo de encuentros y desencuentros entre los pueblos latinoamericanos y el marxismo ha enriquecido, por un lado, la lucha por la liberación de aquéllos del imperialismo capitalista, y, por otro, ha abierto la posibilidad de liberación del dogmatismo en el que derivó cierto marxismo. Gracias a esta última, está brotado en América Latina un marxismo latinoamericano ‘herético’ para el ‘dogmatismo’ marxista, pero, sin embargo, creación heroica; el más fiel al propio análisis iniciado por K. Marx, F. Engels, y V. I. Lenin. Entre algunos de sus postulados indicamos:

(1º) La lucha de clases debe insertarse en la historia de lucha anticolonial. En América Latina el marxismo llegaba en un momento histórico donde la lucha contra el colonialismo y por la Independencia política no había concluido. La liberación económica de los trabajadores, la materialización de su derecho a la autodeterminación e igualdad económica, a la propiedad colectiva de los medios de producción, no sería posible bajo el colonialismo político imperialista. Pero tampoco sería posible sólo con aquélla. Hacía falta conseguir la independencia política junto a la independencia económica. Carlos Baliño fue un uno de los precursores en buscar esa necesaria articulación. Junto con Martí trabajó en la formación de la estructura organizativa del Partido Revolucionario Cubano. En 1903 crea el Club de Propaganda Socialista, la primera organización marxista en Cuba. Colaboró en el nacimiento en 1905 del Partido Obrero, promotor de un socialismo moral revolucionario. Influenciado por la Revolución rusa (1917) se hace leninista e intensifica su trabajo por la constitución de organizaciones marxistas. En 1923, junto a otros, crea la Agrupación Comunista de La Habana, la Liga Antiimperialista de Cuba (1925) y funda el Partido Comunista Cubano con Julio Antonio Mella (1925).

(2º) La realidad colonial latinoamericana no puede esperar a una revolución burguesa. V. Haya de la Torre, en particular, contribuyó a evidenciar la urgencia, necesidad, y posibilidad del diálogo del marxismo con la realidad latinoamericana adaptándose a sus condiciones espacio-temporales. Fruto de ese encuentro surgirán las siguientes tesis liberadoras del marxismo ‘etapista estalinista’. (1ª) El marxismo es aplicable en América Latina porque la realidad de injusticia es universal, así como los principios marxistas que la interpretan, pero: (2ª) El marxismo tiene que responder a la realidad histórica concreta espacio-temporal latinoamericana; (3ª) La revolución en Latinoamérica, contra todo determinismo histórico, no puede ni debe esperar a pasar por la revolución burguesa.

(3º) El sujeto de la revolución es, además del obrero, el pueblo revolucionario latinoamericano (v.gr. indígenas, negros, campesinos, mujeres, etc.). En el encuentro del marxismo con la vida de los pueblos latinoamericanos se va gestando un ‘marxismo latinoamericano’ que amplía el sujeto revolucionario como vanguardia. La vanguardia de la revolución socialista en nuestra América, o está integrada por el pueblo revolucionario de los explotados y oprimidos: campesinos, indígenas, negros, obreros, pobres, mujeres, etc., o no hay tal vanguardia

El chileno Luis Emilio Recabarren (1876-1924), el peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930) y el venezolano Salvador de la Plaza (1896-1970) son especialmente relevantes en este enriquecimiento. Luis Emilio Recabarren supera el reduccionismo de clase. Aplicando el materialismo histórico marxista a la realidad latinoamericana siguió postulando al proletariado como el motor fundamental de la revolución. Pero su sensibilidad humana le llevó a integrar en esa fuerza transformadora a los campesinos pobres, a los arrendatarios, las mujeres y los pueblos originarios mapuches. En Chile, contribuye a organizar la Asamblea Obrera de la Alimentación y las Federaciones de Inquilinos y Obreros Agrícolas (1919), así como los Consejos Federales o Comités de trabajadores Agrícolas (1920). En 1922 fundará el Partido Comunista de Chile, el primer partido comunista de América Latina que surgía de una central obrera y sindicatos de base. De su congreso fundacional formaron parte obreros, sindicalistas, arrendatarios pobres, campesinos, indígenas mapuches, feministas, etc. En esa dirección, el peruano J. C. Mariátegui es pionero en reivindicar la importancia y centralidad de las comunidades indígenas y agrarias en la construcción del socialismo peruano. El factor clase se enriquece con el factor raza, confluyen indigenismo y socialismo. “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América ni calco ni copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano”.3 Como señala R. Fornet-Betancourt, tal vez sea Mariátegui, uno de los primeros marxistas latinoamericanos herejes frente al ‘dogmatismo’ del Komintern soviético.

(4º) Existe la posibilidad de un nacionalismo socialista revolucionario. J. C. Mariátegui postula la posibilidad para el marxismo en América Latina de articularse como nacionalismo revolucionario socialista, que por ser tal necesariamente será internacionalista.

“El nacionalismo de las naciones europeas, donde nacionalismo y conservantismo se identifican y consubstancian, se propone fines imperialistas. Pero el nacionalismo de los pueblos coloniales —sí, coloniales económicamente, aunque se vanaglorien de su autonomía política— tienen un origen y un impulso totalmente diverso. En estos pueblos el nacionalismo es revolucionario y, por ende, concluye en el socialismo”.4

(5º) La revolución marxista tiene que recuperar las mejores aportaciones de las estructuras y tradiciones socialistas de los pueblos nuestro americanos (v.gr. en el caso del Perú, la estructura y tradición socialista indígena incaica). Debe beber en el pozo de la propia cultura y tradiciones, y escuchar y aprender de los trabajos, entre otros muchos, de investigadores como: José Carlos Mariátegui (1894-1930), Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), Leopoldo Zea (1912-2004), Luis Villoro (1922-), etc.

(6º) La contribución del marxismo a la reapropiación de la identidad nuestro americana ha de conducirse en el ‘reconocimiento’ de la unidad en la diversidad de expresiones culturales. En la pluralidad cultural, pero no en la incomunicación del relativismo multiculturalista. En la apertura a la pluralidad intercultural (v.gr. indígena, afroamericana, mestiza, criolla, etc.) de los modos de expresión histórica de los pueblos, pero en la unidad de su sistema de necesidades materiales para la producción y reproducción de la vida. En la unidad del universo material de sus necesidades, pero en la diversidad de los satisfactores culturales simbólicos y lingüísticos que se expresan, además de en castellano, inglés y portugués, en aymará, créole haitiano, guaraní, kuna, mapudungu, maya, náhuatl, quechua, quiché, etc. A evidenciar esta necesidad de satisfacer el derecho al reconocimiento de la diversidad en igualdad han contribuido, entre otros, los trabajos de F. Bilbao (1823-1865), E. M. de Hostos (1839-1903), P. J. Martí (1853-1895), Henríquez Ureña (1884-1946), A. A. Roig (1922--), L. Villoro (1922--), C. Lenkersdorf (1926--), E. Dussel (1934--), Bolívar Echeverría (1941-2010), R. Fornet-Betancourt (1946--), J. Estermann (1956--), F. Ainsa (1937--), R. Salas Astrain (1957--), D. de Vallescar (1962--), F. Tubino Arias- Schreiber (--), etc.

(7º) No hay revolución socialista (comunista) sin la liberación del imperialismo y dictadura mediáticos, en la apropiación popular de los medios de información, opinión y conocimiento. La experiencia de la realidad nuestro americana está mostrando al marxismo, por un lado, la necesidad y urgencia de investigar el alcance en las personas y los pueblos de la expropiación y enajenación mediática por parte del imperialismo. Por otro lado, se le impone a la revolución marxista la recuperación de la soberanía del espacio radioeléctrico, y la expropiación de los medios de información, opinión y conocimiento, para empoderar a los pueblos con ellos en las diversas modalidades de propiedad socialista. No habrá revolución comunista sin la liberación de la producción y apropiación imperial de la plusvalía ideológica. La revolución mediática y del conocimiento es condición necesaria para culminar la liberación económica y política. En este campo son pioneras las experiencias políticas de la incipiente revolución mediática que se alumbran en algunos de los países del ALBA (v.gr. TeleSur, etc.), así como los trabajos del venezolano Ludovico Silva (1937-1988), el mexicano Fernando Buen Abad (1956—), etc.

(8º) No hay revolución socialista si no es revolución eco-socialista. Si el trabajo es el padre de la riqueza, la tierra es la madre. Frente a la depredación del medio ambiente en el desarrollismo capitalista, el socialismo en Latinoamérica postula que no pude haber socialismo si se destruye la naturaleza: la fuente de la vida (v.gr. Fidel Castro, Michel Löwy, Sirio López Velasco, etc.).

(9º) El derecho a la revolución socialista (comunista) como el único derecho realmente histórico. La praxis del marxismo con nuestra América ha evidenciado una de las afirmaciones de F. Engels en su Introducción (1895) a la Lucha de clases en Francia, de K. Marx. La Revolución es el único derecho realmente histórico. El único derecho en que descansan todos los Estados modernos sin excepción. Revolución comunista, entendida como la praxis de los pueblos por la producción y reproducción de sus vidas, que se levanta contra el estado de insatisfacción de su sistema de necesidades/capacidades. Revolución que es la matriz de todos los demás derechos, realmente históricos, de los pueblos. La praxis del marxismo en Latinoamérica no sólo es la historia de una lucha mártir por la satisfacción de los derechos económicos (a la propiedad colectiva de los medios de producción frente a la expropiación capitalista), sino también por la materialización de todo el sistema de derechos (v.gr. los llamados civiles, políticos, culturales, información, opinión, conocimiento, etc.). Sin embargo, más allá de la crítica a la ideología burguesa de los derechos humanos y su utilización imperialista, el marxismo necesita y está urgido de reflexiones y elaboraciones propositivas de teorías del Derecho Socialista que puedan contribuir a iluminar la lucha jurídica por la hegemonía político-institucional, así como su ejercicio, una vez conseguida (v.gr. Bolivia, Cuba, Ecuador, Venezuela, etc.). Para ello se puede inspirar y enriquecer, entre otros, con los trabajos de O. Correas, J. E. Faria, B. de Sousa Santos, A. de la Torre Rangel, A. Rosillo, A. C. Wolkmer, etc., sobre pluralismo jurídico; de J. Fernández Bulté, sobre marxismo en Cuba, etc.

(10º) El método marxista, el materialismo histórico, por tener pretensión de ser científico no es un dogma sino que está sometido a verificación; y en consecuencia, a corrección y perfeccionamiento. Aunque el marxismo es mucho más que su método, el análisis dialéctico de la materialidad de la realidad histórica latinoamericana y su transformación socialista es el ‘evangelio’ de la praxis comprometida con la revolución de los pueblos. El encuentro del marxismo con la experiencia de la vida de ellos ha sido especialmente fecundo para la epistemología marxista. Particularmente liberador y enriquecedor para la vocación científica del método marxista es la experiencia histórica de la revolución cubana. Mucho antes, algunos autores como C. O. Bunge (1875-1918), Juan Bautista Justo (1865-1928) y José Ingenieros (1877-1925) habían iniciado trabajos de investigación en este campo, a los que siguieron los estudios de J. C. Mariátegui (1894-1930), Alejandro Korn (1860-1936) y Aníbal Ponce (1898-1938), en su interpretación más ortodoxa y menos nacionalista y anti-Mariátegui. También pensadores no marxistas y críticos del dogmatismo estalinista dejaron sus aportaciones a la liberación metodológica del marxismo latinoamericano, entre ellos mencionamos a los mexicanos Samuel Ramos y Antonio Caso. En esa misma línea crítica se inscriben algunos antiguos militantes del partido comunista como el argentino Ernesto Sábato. Carlos Astrada, por ejemplo, criticará el ‘dogmatismo estalinista’ desde un humanismo activista o dialéctico de la libertad’, en cercanía a los planteamientos del ‘marxismo positivo’ de J. Ingenieros y A. Ponce.

Indicamos algunas de las aportaciones metodológicas centrales que se han evidenciado en la experiencia de encuentros y desencuentros entre el marxismo y la vida de los pueblos de nuestra América:

(1ª) La vida de los pueblos es la última instancia de aprehensión, interpretación y verificación de la historia y la sociedad. La vida es el dinamismo de satisfacción del sistema de necesidades y capacidades materiales de los pueblos en orden a la producción y reproducción de la vida de ellos. Las relaciones económicas de producción forman parte de la común estructura del dinamismo de ese sistema en el mismo nivel de interdependencia que el resto de relaciones. Con ello no quedan idealizadas las relaciones económicas sino que se materializan ellas y todas las demás en la codeterminación (v.gr. E. Dussel, etc.).

(2ª) La praxis histórica concreta es la mediación de la vida, ineludible para el comienzo de toda teoría y práctica marxista si quiere evitar tanto el idealismo como el dogmatismo. La praxis, y no el dogma, es una categoría central del materialismo histórico. Es el ámbito de la interpretación y verificación de los conceptos, categorías y postulados marxistas con pretensión científica. El método marxista, el materialismo histórico, no puede convertirse en un sistema cerrado de leyes abstractas que eludan la prueba de la verificación. Ya desde 1959, en los partidos marxistas latinoamericanos había crecido la lucha interna por liberarse del ‘dogmatismo estalinista’. A esta tarea contribuyó la praxis teórica y política de revolucionarios como Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, la traducción española de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, la recepción en Latinoamérica del pensamiento de Gramsci, Sartre y Fromm, entre otros. Se había entrado en un contexto liberador para el marxismo en nuestra América que iba a despojarlo del dogmatismo y permitirle recuperar la senda de la praxis liberadora. Autores como Juan David García Bacca (1901-1992), Adolfo Sánchez Vázquez (1915-), Enrique Dussel (1934--), hicieron y siguen haciendo su contribución.

(3ª) La verdad en el marxismo no son dogmas sino brújulas para la vida de los pueblos. Esto es, postulados sometidos a verificación histórica. El marxismo, por tener pretensión científica, ha de articular la permanencia de los postulados verificados, con sus limitaciones y la progresividad histórica en el descubrimiento de la realidad de su contenido. De este modo evita convertirse en una metafísica dogmática de leyes y verdades pétreas e inmutables. Debe estar abierto (Frugoni) a ser enriquecido y completado teóricamente con las múltiples dimensiones de la realidad y los nuevos descubrimientos (v.gr. importancia que Mariátegui da a la metafísica, la filosofía, los mitos, la religión, la mística, etc.).

(4ª) La persona, como sujeto individual de la praxis comunista revolucionaria, es tan importante como los pueblos, en cuanto sujeto colectivo. La realidad nuestro americana ha mostrado al método marxista que debe investigar más, articular mejor, y valorar con mayor justeza el peso y la fuerza que tiene la persona, como sujeto individual, con todas sus dimensiones (v.gr. consciente, inconsciente, estética, erótica, afectiva, etc.) en la revolución comunista. En particular, el papel que juega el factor de la voluntad personal (la libertad) del sujeto revolucionario frente a todo determinismo mecanicista (v.gr. E. Che Guevara, F. Castro, E. Fromm, A. Sánchez Vázquez, E. Dussel, etc.).

(5ª) La praxis marxista es la praxis de una ética comunista para la vida. La experiencia histórica del marxismo en nuestra América ha evidenciado que éste es, al tiempo de una revolución político-económica y una filosofía de la praxis, una ética de la vida de los pueblos, puesto que es un sistema político y económico que procura materializar la justicia en la Tierra. La importancia que tiene la ética (la moral material), como filosofía primera, no sólo para la metodología marxista, sino para legitimar toda su praxis política, requiere su mejor articulación y desarrollo en el proyecto político de un socialismo (comunismo) ético (v.gr. E. Che Guevara, E. Fromm, A. Sánchez Vázquez, E. Dussel, S. López Velasco (1951--), Justo Soto Castellanos (1962--), etc.).

(6ª) El diálogo del marxismo con la Filosofía y la Teología de la Liberación es fecundo. Éste se inició en la década de los años setenta y continúa dando sus frutos. Para el marxismo latinoamericano han sido particularmente enriquecedoras muchas de las aportaciones críticas provenientes desde los diversos planteamientos de la Filosofía de la liberación (tomada ésta en sentido amplio). Aportaciones: ontológicas (v.gr. Casalla, Kusch, Cullen), anadialécticas (Scannone, Dussel), historicistas (Roig, Zea), problematizadoras (Cerutti), marxistas- teológicas (Dussel, Hinkelammert), de la realidad histórica (Ellacuría), interculturales (Fornet-Betancourt).

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  1. Artículo que será publicado en: Salamanca Serrano, A., Marxismo en América Latina: Enciclopedia Latinoamericana de Derechos Humanos (São Leopoldo: Editora Nova Harmonia, 2011).
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  3. Mariátegui, J. C., Ideología y Política (Lima, 1969) 246-247.
  4. Mariátegui, J. C., Ideología y Política (Lima, 1969) 221.
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