"Ícaro o el futuro de la ciencia"
I. Introducción
Pinta Haldane, en su obra Dédalo [1], un cuadro atractivo del futuro que pudiera sobrevenir si acaso los descubrimientos científicos son utilizados para promover la humana felicidad. Por mucho que me agradase coincidir con semejante predicción, mi larga experiencia [2] con estadistas y con gobiernos me ha tornado algo escéptico. He llegado a temer que la ciencia sea utilizada para promover el poder de los grupos dominantes, en vez de buscar la dicha y prosperidad de los hombres.
Habiendo enseñado Dédalo a volar a su hijo Ícaro, pereció éste por culpa de su imprudencia. Mucho me temo que pueda aguardarles la misma suerte a los conglomerados humanos a los que los científicos de hoy han enseñado a volar. En las páginas que siguen se exponen algunos de los peligros inherentes al progreso científico mientras subsistan las actuales instituciones políticas y económicas.
Apenas si puede esbozarse en sus aspectos esenciales tan vasto tema en un espacio tan limitado. El mundo en que vivimos ya nada tiene que ver con los tiempos de Maricastaña y la diferencia entre ambos débese principalmente al desarrollo de la ciencia. Es una forma de decir que la diferencia podría ser bastante menor si se exceptúan unos cuantos descubrimientos, pero es el resultado de la forma en que la humana naturaleza ha llevado a cabo sus descubrimientos. Los cambios introducidos han sido en parte buenos y en parte malos, pero el que, a la larga, pruebe la ciencia haber sido una bendición o una maldición para el género humano es algo que, a mi entender, aún está por verse.
La ciencia puede afectar a la vida humana de dos maneras diferentes. Por una parte, sin llegar a cambiar las pasiones del hombre o su perspectiva en general, pudiera aumentar el poder que éste posee para satisfacer sus deseos. Por otra parte, sus efectos pueden actuar sobre la imaginaria concepción del mundo que el hombre posea, esto es, la tecnología o la filosofía aceptadas en la práctica. Este último aspecto daría pie a un estudio fascinante, pero lo voy a ignorar casi totalmente a fin de poder restringir el tema a proporciones más manejables. Por lo tanto, me limitaré en lo posible al efecto que posee la ciencia para capacitarnos más libremente en la satisfacción de nuestras pasiones, algo que hasta el presente es de la mayor importancia.
Desde nuestro punto de vista, pueden dividirse las ciencias en tres grupos: ciencias físicas, biológicas y antropológicas [3]. En el grupo físico incluyo a la química y, en términos generales, a cualquier ciencia que se relacione con las propiedades de la materia, a excepción de la vida. Incluyo en el grupo de ciencias antropológicas cuanto estudio se relacione específicamente con el hombre: fisiología y psicología humanas (entre las cuales resulta imposible trazar una frontera definida), antropología, historia, sociología y economía. Todos estos estudios tienen en común que pueden entenderse mejor a partir de consideraciones extraídas del campo de la biología [4]; así, por ejemplo, Rivers ha esclarecido ciertos aspectos de la economía al manejar datos relativos a la posesión de la tierra que practican ciertos pájaros durante la temporada de cría. Pero, pese a su relación con la biología (relación que probablemente irá en aumento conforme pase el tiempo), son ciencias que se distinguen ampliamente de esa disciplina por sus métodos y por los datos que manejan, y sólo por eso merecen ser consideradas aparte, sobre todo en un trabajo de índole sociológica.
Hasta el presente ha sido mínimo el efecto producido por las ciencias biológicas. Qué duda cabe de que tanto el darwinismo como el concepto de evolución influyeron en su día en las concepciones filosóficas; de ambos salieron argumentos en favor tanto de la abierta competencia como del nacionalismo. Sin embargo, ése es el tipo de efecto que me propongo no tomar en consideración. Es probable que tarde o temprano surjan de estas ciencias muy importantes consecuencias. Así como el mendelismo puede haber revolucionado la agricultura, quién quita que alguna teoría similar haga lo mismo en cualquier momento. La bacteriología puede servirnos para exterminar las plagas que ocasionan enfermedades. Con el tiempo, el estudio del mecanismo de la herencia podrá hacer de la genética una ciencia exacta y quizá podamos más adelante estar en condiciones de determinar a voluntad el sexo de nuestros hijos, lo que probablemente nos llevaría a un exceso de varones, situación que significaría un vuelco completo en las instituciones familiares. Sólo que semejantes especulaciones pertenecen al futuro. Repito que no me propongo tratar acerca de los posibles efectos que en el futuro tenga la biología, en parte porque mi conocimiento de esta ciencia es muy limitado, pero también porque este punto ha sido admirablemente trabajado por Haldane.
De las ciencias antropológicas podríamos, a priori, haber esperado que produjeran mayores efectos en el orden social, pero hasta el momento no ha sido así, en parte porque han quedado como detenidas en la fase temprana de su desarrollo. Incluso la economía sigue sin alcanzar las consecuencias esperadas y donde parece haberlo logrado, débese a que ha propugnado lo que por lo demás se deseaba que sucediera. Hasta el presente, la más efectiva de las ciencias antropológicas ha sido la medicina, por su influencia en los programas de salubridad y salud pública, así como por el hecho. de haber descubierto la forma de tratar la malaria y la fiebre amarilla. Dentro de esta categoría, juega también un papel relevante el control de natalidad. Pero aunque las futuras consecuencias de las ciencias antropológicas (a las que volveré de inmediato) son ilimitadas, su efecto hasta el presente ha quedado confinado en muy estrechos límites.
De entrada, una observación de carácter general. La ciencia ha aumentado el control del hombre sobre la naturaleza, de donde pudiera inferirse que ello se va a traducir en un aumento proporcional de bienestar y mejoras. Así sería, en efecto, si los hombres fueran seres racionales, pero el hecho es que todos son un manojo de instintos y pasiones. Cualquier especie animal situada en un entorno estable, si no se extingue, llega a adquirir un perfecto equilibrio entre sus pasiones y las condiciones circundantes de vida. Si súbitamente cambian las condiciones, se altera ese equilibrio. En su estado natural, a los lobos les resulta difícil conseguir alimento, por lo que precisan del estímulo de una persistente voracidad. El resultado es que sus descendientes, los perros domésticos, comen en demasía si se les deja hacerlo. Cuando es útil determinada cantidad de algo y disminuye la dificultad por obtenerlo, por lo general, el instinto conduce a un animal a excederse en su nueva circunstancia. El súbito cambio que ha producido la ciencia ha alterado el equilibrio entre nuestros instintos y nuestras condiciones de vida, pero lo ha hecho en direcciones no suficientemente advertidas. La sobrealimentación no es un serio peligro, pero sí lo es la sobrelucha. Los instintos humanos de poder y rivalidad han de ser dominados, si es que el industrialismo quiere tener éxito, de modo similar a como se domina el apetito lobuno de los perros.
II. Efectos derivados de las ciencias físicas
La mayor parte de los cambios que ha introducido la ciencia en la vida social débense a las ciencias físicas, lo que resulta evidente si se piensa que son las que produjeron la revolución industrial. Es un tópico trillado acerca del cual sólo me explayaré en la medida en que el tema lo permita; existen, sin embargo, algunos aspectos que conviene subrayar.
En primer lugar, aún le queda al industrialismo por conquistar grandes extensiones del globo terráqueo, ya que tanto Rusia como la India están muy imperfectamente industrializadas; la China , nada en absoluto, y en Suramérica, aún hay lugar para un inmenso desarrollo. Uno de los efectos del industrialismo es el de unificar económicamente al mundo; sus últimas consecuencias se deberán grandemente a este hecho. Pero antes de que el mundo esté organizado en efecto como tal unidad, será probablemente necesario desarrollar industrialmente todas las regiones capaces de hacerlo, pero que en la actualidad se encuentran atrasadas. Conforme se generaliza y extiende el industrialismo.' cambian sus efectos, y esto es algo que conviene recordar cada vez que se quiera tratar la transición del pasado al futuro.
El segundo punto acerca del industrialismo es que aumenta la productividad laboral, con lo que permite que cada vez existan más bien superfluos. Al comienzo, en Inglaterra, el principal lujo permitido fue que aumentara la población, aunque en realidad se mantuviera bajo el nivel de vida. Sobrevino luego un período de bonanza en que se aumentaron los salarios, disminuyeron las horas de trabajo y, al mismo tiempo, prosperó la clase media. Ello sucedió mientras todavía Gran Bretaña era una potencia. Al desarrollarse el industrialismo extranjero, comenzó una nueva época. Raras veces han logrado las organizaciones industriales desarrollarse a escala mundial, por lo que se han hecho eminentemente nacionales. Y así, la competencia que antes se entablaba entre empresas individuales, ahora se establece entre naciones, por lo que se lleva a cabo mediante métodos totalmente distintos a los considerados por los economistas clásicos.
El industrialismo moderno es una lucha entre naciones por el logro de dos objetivos: mercados y materias primas, aparte del puro placer derivado del hecho de dominar. El trabajo que queda libre como consecuencia de haber cubierto las necesidades primordiales tiende cada vez más a ser absorbido por las rivalidades nacionales. En primer lugar, las fuerzas armadas de cada país; le siguen, a continuación, los traficantes de armas, desde la materia prima hasta el producto acabado; también los servicios diplomáticos y consulares, así como los maestros que dan lecciones de patriotismo y, por último, la prensa. Claro que todos ellos también desempeñan otras funciones, pero su principal objetivo es alimentar la competencia internacional. A ello debemos agregar una considerable proporción de científicos, en tanto un grupo más cuyas tareas se encaminan al mismo fin. Son los hombres que se la pasan inventando métodos cada vez más elaborados para el ataque y la defensa. El resultado neto de sus desvelos es el de reducir la proporción de población que puede ser enviada a primera línea por ser mucho más necesaria en la producción de armamento, lo que a primera vista parecer una bendición, aunque hay que tener en cuenta que en nuestros días la guerra está dirigida primordialmente contra la población civil, por lo que en cualquier país derrotado los civiles sufrirán tanto o más que los propios soldados [5].
Fundamentalmente, es la ciencia la que ha determinado la importancia que tienen las materias p rimas en el cuadro de la competencia internacional. Especialmente, carbón¡ hierro y petróleo, que constituyen el principio del poder y, por consiguiente, de la riqueza. La nación que los posea y que disponga también de la capacidad industrial para emplearlos en la guerra, estará en condiciones de apoderarse de mercados por medio de sus ejércitos, así como - de imponer fuertes tributos a las naciones menos afortunadas. Los economistas han subestimado el papel que desempeñan las hazañas bélicas en la adquisición de riqueza. Las viejas aristocracias europeas fueron, en sus orígenes, invasores guerreros. Su derrota a manos de la burguesía surgida de la Revolución Francesa , así como el temor que tal suceso le inspirara al duque de Wellington, sirvieron para propiciar el surgimiento de la clase media. Las guerras del siglo XVIII ayudaron a hacer de Inglaterra un país más rico que Francia. Las normas establecidas por los economistas clásicos acerca de la distribución de la riqueza son válidas en el caso de que las acciones humanas se ajusten a leyes, es decir, cuando a la mayoría de la gente no le importen los resultados. Pero aquellos resultados que los pueblos han considerado vitales para sus intereses han sido todos decididos mediante guerras civiles o guerras entre Estados. Y en la actualidad, gracias a la ciencia, el arte de la guerra consiste en la posesión del carbón, el hierro, el petróleo y la capacidad industrial para aprovecharlos. Por razones de simplificación, omito otro tipo de materias primas, puesto que no afectan en nada el fondo del problema.
Podemos, por consiguiente, afirmar, en términos generales, que la humanidad ha utilizado el aumento de productividad, consecuencia de la ciencia, en tres principales propósitos, en este orden: en primer lugar, en aumentar la población; luego, en elevar el nivel de la calidad de vida, y por último, en dedicar más energías a la guerra. El último aspecto ha sido puesto de manifiesto en la competencia desatada por obtener mercados, que a su vez ha llevado a la competencia por apoderarse de las materias primas, especialmente las que sirven para fabricar armas.



