El arte de la regulación de los mercados, Jean Tirole (Nobel en Economía 2014)
Jean Tirole ha ganado el premio Nobel de Economía por su trabajo sobre la competencia
Garantizar que las empresas compitan justamente es un negocio difícil. Las empresas están reguladas y saben mucho más acerca de su negocio que aquellos que realizan la regulación; burócratas quienes pueden fácilmente terminar siendo demasiado torpes o demasiado laxos. El 13 de octubre Jean Tirole, un economista francés de la Escuela de Economía de Toulouse, fue galardonado con el premio Nobel de Economía por su trabajo sobre este enigma: "la organización industrial", en su jerga.
Tirole comenzó a publicar en la década de 1980s, cuando muchos gobiernos estaban ocupados en las privatizaciones de grandes partes de sus economías, desde las telecomunicaciones hasta el transporte. Pronto se hizo evidente que las nuevas industrias liberalizadas podrían no llegar a ser mercados perfectamente competitivos.
Junto con Jean-Jacques Laffont, un compañero frecuente, -que podrían haber compartido el premio sino hubierra muerto en 2004-, Tirole ha desarrollado una nueva forma de pensar acerca de las dificultades que enfrentan los reguladores de la gestión de tales mercados.
Considérese la posibilidad de una empresa de telecomunicaciones que ya ha logrando construir una gran red. Será poco probable que otras firmas inviertan en una segunda red, pues llevaría a una guerra de precios entre las dos empresas, lo que haría más difícil recuperar la inversión. Como un "monopolio natural", se les presenta a los reguladores este problema. Ellos no quieren que los monopolistas agobien a los consumidores y terminen por sofocar cualquier posible innovación, sin embargo, a menudo tienen dificultades para determinar el grado en que este tipo de cosas están sucediendo.
Junto con Jean-Jacques Laffont, un compañero frecuente, -que podrían haber compartido el premio sino hubierra muerto en 2004-, Tirole ha desarrollado una nueva forma de pensar acerca de las dificultades que enfrentan los reguladores de la gestión de tales mercados.
Considérese la posibilidad de una empresa de telecomunicaciones que ya ha logrando construir una gran red. Será poco probable que otras firmas inviertan en una segunda red, pues llevaría a una guerra de precios entre las dos empresas, lo que haría más difícil recuperar la inversión. Como un "monopolio natural", se les presenta a los reguladores este problema. Ellos no quieren que los monopolistas agobien a los consumidores y terminen por sofocar cualquier posible innovación, sin embargo, a menudo tienen dificultades para determinar el grado en que este tipo de cosas están sucediendo.
Los funcionarios que tratan de domar los monopolios carecen de información importante acerca de su negocio: un fenómeno que los economistas llaman "información asimétrica". Desde fuera él considera que es difícil ver cuánto debería costar un servicio o la cantidad que una empresa debe tener en la inversión de nuevos productos y equipos.Una opción para los gobiernos es regular los precios con base en algún tipo de seguimiento de los costos de una empresa. Pero eso le quita el incentivo para que las empresas sean más eficientes. Otra opción es imponer un precio máximo. Pero a continuación, las empresas buscarán un modo eficiente de obtener ganancias con ese precio máximo, en lugar buscar esas ganancias en los mercados, reduciendo los precios a los consumidores.
Tirole y Laffont se dieron cuenta de este dilema se asemeja a un problema económico más familiar, el de la agencia, en la que los propietarios de los activos se esfuerzan por establecer los incentivos adecuados para aquellos que los manejan. Eso los llevó a tomar ideas de otros campos, como el diseño de subastas y la teoría de juegos. Entonces propusieron que en lugar de tratar de obligar a las empresas a una única forma de contrato, los reguladores deberían darles una opción. Los que no tienen mucho espacio para recortar costos optarían por contratos de margen fijo, mientras que las empresas más innovadoras podrían gravitar hacia un precio fijo. En cualquier caso, la elección sería que los reguladores propusiesen que tipo de empresa es en la que deberían ocuparse, y así poder negociar la mejor oferta para los consumidores.
Tirole, junto con Laffont y Xavier Freixas, también mostraron que la mejor solución posible, no es siempre aquella empresa que lleva a los precios más bajos. Un regulador con espíritu público, considera que una empresa que ha sido eficiente en la reducción de costes puede tener la tentación de seguir reduciendo los precios que la empresa podría cobrar, con la esperanza de lograr aún mayores reducciones de costos fuera del negocio en sí. Pero en esas circunstancias una empresa racional dejará de invertir en medidas de reducción de costos del todo, desde el momento que beneficios por parte de los consumidores no la sigan, debido a este constante truco de bajar el punto límite de precios.
La mejor apuesta de un regulador puede ser en realidad, mostrar su intención de ser un poco indulgente con el tiempo, para que no se ahogue la innovación, por razón de ahorrar costes por completo. El trabajo de Tirole a menudo se muestra cómo lo que parece ser el fracaso regulatorio puede ser en realidad una respuesta sensata a los mercados que son difíciles de manejar.
El trabajo de Tirole se extiende mucho más allá de la regulación de los monopolios. Analizó también cómo la inversión en nueva tecnología se puede utilizar para limitar la competencia. La "sobreinversión" puede convencer a los posibles rivales que no vale la pena tratar de competir, por ejemplo.
El trabajo de Tirole se extiende mucho más allá de la regulación de los monopolios. Analizó también cómo la inversión en nueva tecnología se puede utilizar para limitar la competencia. La "sobreinversión" puede convencer a los posibles rivales que no vale la pena tratar de competir, por ejemplo.
Más recientemente, ha escrito extensamente sobre la regulación de los mercados financieros. En un artículo premonitorio publicado en 1996 con Jean-Charles Rochet, señaló que la interconexión de los sistemas financieros modernos haría imposible que los gobiernos permitieran que grandes bancos quiebren, y que los bancos, anticipándose a los rescates, se comportarían imprudentemente. La regulación debe ser diseñada para contrarrestar este riesgo moral, mediante, por ejemplo, limitar el apalancamiento.
